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La hipótesis del film olvidado 

Me Raúl Ruiz cineasta chileno, afincado en Parísinvade una profunda sonrisa interior cuando recuerdo Las tres coronas del marinero del cineasta chileno Raúl Ruiz. Nunca he visto un film que posea un humor tan espiritual y estético. La energía creativa desplegada es abrumadora, y nos recuerda que el universo mismo es frágil pues basta una pequeña fisura en la lógica para que todo esto no sea más que un juego de cartas trucado.

«Hay filmes que no estamos seguros de no haber soñado. Son quizás los más bellos». Este es Serge Daney hablando sobre La ciudad de los piratas, un poco continuación de Las tres coronas del marinero. Pero aunque mi subconsciente es uno de los seres más delirantes que conozco, no lo creo capaz de producir un sueño tan alucinado como Las tres coronas del marinero (y si algún día mi subconsciente produce algo así, ese será el día en que me transformaré en soñador a tiempo completo). Este film es demasiado lúcido para ser un sueño – contiene demasiadas referencias, paradojas, dobleces temporales, es demasiado cuántico, transfinito, no euclidiano – No tiene más opciones que ser un film, en el más amplio y glorioso sentido de la palabra. Bergman podría ser teatro, Woody Allen novela, Fellini ópera, Greenaway pintura, pero Las tres coronas del marinero no puede ser otra cosa que film y es por eso que esta película es uno de los rincones más auténticos del cine moderno. Orson Welles y Méliès (el inventor de los efectos especiales) habrían estado orgullosos y quizás en el fondo de sus corazones, un poco envidiosos de este hijo demasiado lucido. Para Welles «es fácil demostrar que los mejores films son comedias » ; Ruiz, como todo hombre creativo, escuchó y transfiguró el consejo del maestro.

Ningún autor de cine me parece tan presente en su propia obra como Raúl Ruiz. Es como el Gran Espectro que guía esta danza de improbables marinos existencialistas franceses en el Caleuche, el barco chilote de los muertos. A veces, frente a alguna graciosísima voz en off, me escucho diciéndome un admirativo – ay Raúl – como si fuéramos amigos de toda la vida. Sin duda, la persona que más me gustaría encontrarme sorpresivamente dentro de una taberna una noche lluviosa, sería al maravilloso contador (y transfigurador) de cuentos, Raúl Ruiz.

Aunque Ruiz dice que «el deporte nacional de Chile es buscar el absurdo y la paradoja», me parece absurdo y paradójico intentar describir este film. Quizás baste decir que el protagonista es un marino alienado de sí mismo y de los demás que desarrolla experiencias iniciáticas con una mujer demasiado desnuda, con un niño de noventa años que rejuvenece cada vez que come y con una prostituta casi virgen. La historia comienza en el Valparaíso perdido de la infancia de Ruiz. La gente camina por el techo, en la casa desde donde los masones dominan el mundo (lo que produce fuertes erecciones). Al final triunfa una frase de Dylan Thomas, que según Ruiz rondaba en su mente al momento de concebir el film. Mi intento de traducción es el siguiente: « Que quien amas esté con nosotros ahora».

Nadie sale bien parado cuando se le compara con Raúl Ruiz al momento de poner títulos a sus películas. Podríamos hablar de genio del título, cosa que seguramente haría reír a Ruiz. Para convencerse basta con mirar La Hipótesis del cuadro robado, Nadie dijo nada o Basta la palabra. Pero mucho más que el título, nadie – ni Lynch, ni Buñuel – sale bien parado cuando se compara con la libertad de Ruiz, y ahí creo que reside la clave de su cine. La fatalidad del viaje – del exilio – omnipresente en su obra lo libera de las ataduras del ser social, del ser lógico. El ser se des-serifica se transforma en fantasma, en doble, en paradoja, en todo menos en sí mismo.

Por otra parte, Ruiz tiene un amor inmenso – y tan creativo que es contagioso – por la palabra. Como el francés no es su lengua materna, pero la domina mejor que la mayoría de los franceses, posee una distancia que le permite, con sumo respeto y amor, destrozarla. El nos recuerda la fatalidad de la lengua francesa, una lengua en la cual « las frases se construyen antes de que se empiece a hablar », y aunque ellos no lo sepan, « la lengua sabe lo que ellos van a decir ». Estas simples reflexiones son de una sorprendente profundidad. Al español probablemente lo quiere aun más, y nos da momentos memorables en su film, que sólo los hispanófonos podemos captar, y algunos momentos aún más locales, chilenos diría. En su film todos los acentos cohabitan, todas las lenguas se yuxtaponen, y esto es parte de la libertad que mencioné antes, pues los acentos definen la procedencia, la clase. En la utilización excesiva de acentos, estos desaparecen o se transfiguran en algo más hermoso.

Ruiz ha hecho más de cien películas, de las cuales solo una decena están disponibles en DVD (entre ellas Las tres coronas del marinero). Quizás si no fuera tan prolífico no hubiera podido hacer un film tan sublime. Espero que este texto ayude a revertir un poco La hipótesis del film olvidado.

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